iaIr menachem, Iár 5765
De pronto, una puerta nueva que me supo conocida. Como un mausoleo con sangre corriéndole por las venas; como una memoria enmudecida subvirtiendo por fin la realidad desde el vientre de mi tiempo. Nunca había sentido a mi amigo Marcel y, no obstante, le reconocí de inmediato en un fragor tibio que cambió mi voz y la posición de mi cuello.
No es la mía la única sonrisa. Jorge tiene los ojos dilatados, y le acompaña un maestro Grid. De las escaleras que pendían del cielo, no veíamos sino la huella leve hendiendo la arena fina. Temblaba, cariño mío, con alegría. Los sacerdotes alumbraban un Templo que no estaba allí pero estaría. Nos oímos decir palabras que nadie dice, y se hacían prisa del aire, almizcle llorado por el habla en gotas densas que regeneran la conciencia.
Está allí pero nadie lo ve, cantamos. Cantamos en otro idioma que no sé reproducir. Está expuesto en medio de todo, completo, sin máscaras ni tapujos, y nadie lo ve; sólo tú, sólo yo; sólo ella lo advierte y grita, y también él en su parnaso alza la voz. Se alza en madera forrada de cobre, forrado de plata, cubierta de oro macizo tallado por las manos que por fin ganan su nombre: ahora vemos nuestras manos. Nadie lo ve. Sólo ella lo ve, y lo ve él. Sólo tú y yo. Multitud de hélices surcan el bajo cielo leyendo los planos que se dibujan en la piel de todos. Algunos huyen hacia delante y es su canto de pavor sin fin, hasta que rompen a llorar y derribar su mundo viejo. Otros, más serenos, aprenden la danza y se unen: no se ven las palas, los cinceles, los martillos, no se ven los materiales ni la obra. Sólo nosotros los vemos, sólo los vemos al respirar. Los incomunicandos se visten de un pánico sereno, de la más neurótica certeza; se los ve boyar como a las noches sin luna cazando cada memoria de los crepúsculos que ya no habrá.
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domingo, 26 de abril de 2009
Tras los pasos de mi Templo (IV)
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Tras los pasos de mi Templo (III)
iaIr menachem, Iár 5765
Me restaba una enorme esperanza de silencio. Y los bolsillos rotos como tantos sueños que ya no albergarían más; y la madre putativa del tiempo rindiéndose ante la certeza. Un ardor de tristeza, producto de veinte años sin la clemencia del olvido; un cansancio que se quería fatal mas le faltaban agallas; un rinoceronte dibujado en una sesión de terapia; un manantial nunca visto y las primeras páginas de un libro que nunca podría escribir. Restabas en un crepúsculo que sabría a alba mientras la noche no le segara el aliento.
Venir ahora a descubrir la identidad létrea del cosmos habría sido una ironía magnífica. Mas no era ironía, sino escrache furibundo contra la espada del silencio que me oprimía las sienes desde que tuve oportunidad de nacer. Adina rompió la cuerda de acero, y la subversión del mundo trajo a todos mis hermanos a flor del polvo miserable de esa vida, de retorno. La perplejidad duele más que el sufrimiento patente, hasta que la felicidad hipnótica rompe las corazas del ruido y te hace ver la verdad que, claro, no está ahí donde posabas los ojos antaño, sino donde tus pies.
Duerme, miserable. Duerme y no molestes. El grito me ensordecía; su voz mortecina crispaba los tejidos de mi cuerpo y me instaba a despertar. Esa noche vi en tus pupilas el corazón del templo austero que latía, y supe que pariría un amanecer feroz. Isso decía que la luz es invisible, y que por eso es luz; que, de lo contrario, se dispersaría entre todos los videntes, y no quedaría con qué alumbrar el tormento de la conciencia. Jorge reclamaba a un cliente el pago inmediato de un cargamento de telas; Dina danzaba un ritmo inadmisible por toda melodía. Estaban los demás, en derredor, para evidenciar que estábamos vivos, que había que seguir caminando, siquiera para escapar a su presencia.
Me restaba una enorme esperanza de silencio. Y los bolsillos rotos como tantos sueños que ya no albergarían más; y la madre putativa del tiempo rindiéndose ante la certeza. Un ardor de tristeza, producto de veinte años sin la clemencia del olvido; un cansancio que se quería fatal mas le faltaban agallas; un rinoceronte dibujado en una sesión de terapia; un manantial nunca visto y las primeras páginas de un libro que nunca podría escribir. Restabas en un crepúsculo que sabría a alba mientras la noche no le segara el aliento.
Venir ahora a descubrir la identidad létrea del cosmos habría sido una ironía magnífica. Mas no era ironía, sino escrache furibundo contra la espada del silencio que me oprimía las sienes desde que tuve oportunidad de nacer. Adina rompió la cuerda de acero, y la subversión del mundo trajo a todos mis hermanos a flor del polvo miserable de esa vida, de retorno. La perplejidad duele más que el sufrimiento patente, hasta que la felicidad hipnótica rompe las corazas del ruido y te hace ver la verdad que, claro, no está ahí donde posabas los ojos antaño, sino donde tus pies.
Duerme, miserable. Duerme y no molestes. El grito me ensordecía; su voz mortecina crispaba los tejidos de mi cuerpo y me instaba a despertar. Esa noche vi en tus pupilas el corazón del templo austero que latía, y supe que pariría un amanecer feroz. Isso decía que la luz es invisible, y que por eso es luz; que, de lo contrario, se dispersaría entre todos los videntes, y no quedaría con qué alumbrar el tormento de la conciencia. Jorge reclamaba a un cliente el pago inmediato de un cargamento de telas; Dina danzaba un ritmo inadmisible por toda melodía. Estaban los demás, en derredor, para evidenciar que estábamos vivos, que había que seguir caminando, siquiera para escapar a su presencia.
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