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domingo, 26 de abril de 2009

Tras los pasos de mi Templo (IX)


Desde mañana, mudemos ahora el ayer

por iaIr menachem

¡Era tan fácil!, y ninguno de nosotros lo sabía. Habría bastado, en cualquier momento, que tú frenaras tu paso, que evocaras nuestra memoria sagrada, que derramaras una lágrima, que hicieras oir tu canto. Nosotros corríamos o nos sumergíamos; llorábamos callados; la imagen de nuestro luto emergirá de las alturas del silencio. Proveníamos del futuro para mudar hoy el ayer. Eramos trágicamente posibles, y eso nos eximía de todo patetismo; y aún así, la fantasía de los incomunicandos era eficaz para convertirnos en fantasmas, porque tú no frenabas tu paso, no nos llamabas a gritos, no llorabas; te veíamos doler el polvo de las ruinas y no se te ocurría clamar por nuestra voz.

Muchos de los nuestros se han recogido ya a la frustración de recordarte sin anhelo: no cesan de pensar que fue tu olvido lo que disolvió nuestras fuerzas. Los destructores no eran nuevos, y ni siquiera esperaban ya éxito alguno de su ofensiva, cuando las murallas de puro verbo delicioso cayeron en la trampa de tu desdén. Pero hoy, yo, que me mantengo alerta, te oí gemir. Algo te tocó en un dedo, u advertiste de pronto acaso esos sostenidos y bemoles que he sembrado a tu paso. Y fíjate que tú gemiste, y te escribo hoy, porque todos despertaron. Ahora que la historia lo sabe, es tiempo de decirte que depende de tí. ¿Podrás, por fin, atreverte a llamarnos?


como los árboles sabios

por iaIr menachem, Adár II, 5764

Por alguna razón, la estrechez proviene del instinto, y la amplitud es privilegio del silencio. La longitud es de la mirada atenta. El ancho, de los ojos cerrados.
Porque a diferencia de las construcciones que los hombres hacen, que crecen ladrillo a ladrillo, módulo a módulo, forma sobre forma, las construcciones humanas, las conformadas por los hombres y los lazos que les unen, se dibujan a modo de cebolla, de hojaldre infinito que se engrosa vuelta a vuelta de reloj y calendario y experiencia.

Sabios, año tras año acunan y maceran y germinan los árboles en el seno de sus troncos anillos nuevos, corazones vigorosos albergados por lo que, hasta ayer apenas, hacía la vez de corazón. Un año creces a resguardo de todo, y al año siguiente te endureces para proteger al que vendrá, y le cedes el resguardo húmedo de la proximidad al corazón, mientras los anillos adultos le rodean, desafiando con nueva fuerza cuanto ayer o mañana les proponga padecer.

Las construcciones humanas, como los árboles sabios, hacen de cada parto -de cada anillo- un nuevo corazón. El más viejo les dio nombre; el segundo, piel; el tercero, el cuarto, el quinto: unas ramas, unas manos, una boca que habla, una flor. Se hacen años y peripecias de palabra, de inviernos y veranos, de fruta sabrosa, de solidaridad y de follaje y de pasión, y a cada vuelta un nuevo corazón dentro de otro, un corazón más íntimo y mejor protegido y más rico y más fuerte; y a cada vuelta y cada año y cada experiencia nueva, lo que antes era sustancial se va arrimando a la superficie para proteger y alentar una experiencia inédita de cada vez mayor vitalidad.

Los vínculos humanos son así: como los árboles sabios. Es poco usual hallar, en los troncos de los árboles, menos o más anillos que uno por cada año de su edad: para que ello ocurra, se requieren singularidades climáticas extremas. En los vínculos humanos, la inteligencia, la dimensión del alma, gana al paso del tiempo en la determinación del crecimiento.
Cada experiencia, cada entendimiento compartido, cada lágrima y cada sonrisa, cada acto solidario y cada abrazo, cada tropiezo, cada beso y cada paso, paren anillos corazones nuevos que sustentan eso, eso que digo tronco, eso que puede parecer que duerme como el camaleón marrón hasta que es día, eso que calla cuando no canta ni grita, que no toca sino abraza, que si abre los ojos abrasa; que se sabe siempre cierto y aún dormido, despierto.
Así, los árboles sabios, y en los hombres el amor.

viernes, 24 de abril de 2009

EL ALTAR DE AFRODITA



iaIr menachem, 1994

Era una noche oscura y silenciosa, de ballenas que
cantaban loas ante el altar de las deidades de bajo el mar. El
mugido persistente de las nubes bajas que clamaban su propia
disolución, zumbaba en la penitencia de los tristes pobladores
del hormiguero.

Más de una voz debiera haber callado a tiempo, para
que sus ecos se apagasen antes de este instante. No menos de uno
debió aprender a hablar, y no tuvo tiempo. La radio mecía las
ideas de la gente otrora expectante, que aguardaba el desenlace,
la consumación de la espera para volver a mirar todo con cinismo
tranquilizador.

Los claroscuros de la luna asomaban pudorosos desde
la mentira del vacío. Una Venus pérfidamente dilatada clamaba a
las nubes su desdicha. Las nubes... Aquellas nubes que nada
hacían por deshojar su fastuosa esperanza de estar siendo oída,
en justamente ese crepúsculo, añorado desde siempre y singular.

Afrodita se levanta desde la tierra incestuosa,
esclavos del viento y por ello libres sus cabellos cobrizos; e
increpa su cuerpo adorado, su piel salada, a las profundidades
del océano.
Un monstruo cadavérico, muy cerca de ella, hurga un poco
más en el fango para hundirse en dirección a los manantiales de
fuego.

Afrodita sabe que es. Los minerales del viento han
hecho ubicua su figura en los espejos del deseo. La maleza triste
del adiós, que alguna vez pintara de savia sus intimidades para
cobijarla en el universo de los mitos felices, la ha abandonado;
ha desarraigado su pasión de los jugos dulces de la tierra. La
higuera retorcida y el poderoso limón le estarán vedados desde
ya. La penetración de los sones cautivos, de los llantos eunucos
que poseyó, se vertirá en diversión de otras ansias, por orden
superior.

¿Pero qué es esa orden superior? ¿Quién el ignoto
superior que desnuda mi historia y la desprecia? -murmura peli-
grosamente-.
La llama de sus pupilas oscuras amanece con la tristeza
del mar.
Su ombligo sudoroso busca refugio en los pliegues de la
barriga plana. No. La petulancia de tanta belleza hecha cuerpo,
hecha destello fatuo de innúmeros altares, no podría acceder a la
redención de un mundo miserable.

¿Y si me voy? -pregunta Afrodita. Clavel del aire
-suspiran las ballenas, sin atreverse a interrumpir el ritual con
su reflexión. El portentoso trueno denuncia al mito que se niega
a caer.
La lluvia se contiene aún, en medio de la excitación de
toda la Naturaleza.

La belleza se contrae. La tormenta no logrará pres-
cindir de ella. La batalla, el milenario ritual de su pasión, se
ha desencadenado nuevamente. La piel de la hermosa ya sin nombre
relampaguea tomando fuerzas del azar. El radiante poder de sus
muslos de miel amenaza con devorar la Tierra. El trueno gime
desde las alturas temblorosas. El vértigo se expande y el ronco
rugido de la espuma borboteante extrema la tersura de sus senos.
La garganta del mundo se reseca mientras el aire se hace néctar.

En un beso peligroso, se deleita con las pulpas y
los aromas del cosmos que llora y tiembla y late desesperado. La
matriz de la historia hecha sol llora y suplica fecundidad, pero
la diosa Pan lo puede disimular aún. Parada sobre todo, hecha
carne pronta al milagro de la vida, encandila a los dioses y a
las leyes, al Universo grave y ausente humillado por el pánico y
el deseo y el dolor. La lubricidad del espacio se hace canal,
volcán de tiempo que arde y consume a la bruma y a la razón.

Y la vida se echa; su ígnea cabellera seduciendo a
los usos y las costumbres que alguien declamara en las plazas; la
dulce orfandad de su matriz abarcando el firmamento, incorporando
los vientos que bufan y resoplan al borde de la erupción.

Las nubes se derraman febrilmente dentro de ella,
inundan las cavidades placentarias que desde siempre añoraban,
entre aullidos de gozo que parecen andróginos en la fusión, en la
pureza terminal de una unción por la que tantos altares habían
abrigado fuegos sagrados y devoción.

Y luego sale el sol.

Y un capullo sonrosado cerca de la madre Tierra, se
abre, tiernamente.