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domingo, 26 de abril de 2009

Confesión a dos Voces

Viajar a tu través: Cómo ubicarse en este tiempo
Confesión a dos voces

iaIr menachem, Tamuz 5763

Hola papi: yo también tengo frío. Yo también te quiero mucho. A la casa del sol hay que ponerle un polo para que ande porque el amuleto de la tía no sirve más. Estamos en la colina, del otro lado del paisaje de la foto.

Eramos tan jóvenes que ni siquiera sabíamos que nuestra juventd no nos disculpaba. Creíamos en la fascinación, que estaba mucho más allá de la culpa. Apenas tomábamos forma y al tomar forma, nos adueñábamos de nuestros nombres. Estábamos solos; éramos titiriteros de nuestros experimentos y no había lluvia capaz de empañarnos el rostro. Nos tejíamos en jugo, en vibración, en senderos lúbricos que amortiguaban el tiempo que se nos escapaba en espuma por la boca, por las sienes, de tanto qué decir. Reir con tanta frecuencia era también rendirnos al llanto fácil.

Naciste una tarde de tormenta, y yo sólo sabía que serías mejor que yo, y eso bastaba para ser pleno. Siempre estaban listas las maletas: en sueños se veía un destino y el camino variaba de continuo, disponiendo paredes donde yacían bellos valles, soltando diques, anegando los desiertos y desplumando nubes de polvo donde sabíamos un panorama despejado. Habíamos de aprender juntos a dibujar los nuevos planos todo el tiempo, que es decir que no debíamos aprender en realidad ningún plano, sino el arte de dibujarlos.

Los caminos se entretejían en las palabras que aprendía, en las que tú me enseñabas a resignificar cada día que no pasaba: el día se hacía en nosotros, al ritmo en que se nos antojara sentirlo, ya como la sangre espesa que circula trabajosamente por las arterias cansadas, ya con la gracilidad del girasol que convierte en instante de alegría cada gota de gracia que le da el regalo de la vida. No podía ser lo mismo cualquier vereda anónima que las que gastaban mis pies para ir a por tí; las cuadras se pintaban de colores vivos que venían en una luz tan lenta que recién se hace patente por completo hoy, hoy que deben haber oscurecido de vuelta, agrisado, porque ya no salimos de sus extremos para encontrarnos en el medio, porque el saltito y el abrazo cotidiano han dejado lugar a este anhelo vertiginoso que ocupa en mis noches el espacio que antes nada amenazaba quitar al sueño.

- Mira por un instante por el hueco del reloj y dime: ¿te fue bien?
- Nos queda ese reloj, papi. No creas que te llevará a ninguna parte, no; sólo te mostrará la salida. Porque tú eres el viaje, y nos toca viajar a tu través.

Y el vértigo se da siempre de a dos: un vértigo aparece primero, y otro le responde para calmar el pavor del primero. La soledad es vertiginosa, y vertiginoso al límite de lo soportable es extrañarte cuanto te añoro. A ello responde el vértigo de la velocidad, como si ésta pudiera vencer a la distancia. A ello responde el vértigo de la psicodelia, cual si las fantasías de la mente pudieran redimir la añoranza y el anhelo que incendian el corazón.

El vértigo nace de la tensión, nace de estar parado a ambos extremos de una recta, en vez de en un único punto. Me dirás: no se puede estar parado en dos lados a la vez. Te diré: eso es el vértigo. Aquí y allá, solo y contigo, en un idioma y en otro, en la religión del tránsito permanente cuanto más rápido mejor aunque no te llevará a ninguna parte, porque los extremos de la recta no son sino símbolos de la errabundez fundamental, de la falta de asidero, de la imposibilidad de ser en más de un tiempo y un lugar.... de la imposibilidad de reunir los tiempos y lugares necesarios en una armonía fatal.

La religión del tránsito permanente es el reverso de toda religión. El camino de abajo de un mundo plano para llegar por fin a sus bordes y trepar a la zona luminosa de la vida. Pero no se puede sin redimir la distancia; no, sin hacer de la alegría y la melancolía una única placidez de fuerza contenida que se proyecta y da forma a un mundo nuevo.

La religión del tránsito permanente es una escalera infinita, una cuerda floja circular, una playa a cuyo fin se ven orillas que no hay, una boca que habla y casi dice y siempre casi dice, una paradoja parab(v)olar del bastón chino u de aquiles y la tortuga, una rayuela cortazariana, un abismo sin fondo desde cuyas profundidades se ve cada vez más claro el cielo. Una trampa sin más salida que la dislocación del destino, el quiebre de la lógica causal para abrazarte y bendecir al Creador.

Entonces nos toca, más que ser otros, distintos, ser otra cosa. Despojarme del sujeto que viaja y ser tu viaje. Desistir de religarme por llegar a ser la ligazón. Descansar los brazos un instante dejando que los cabos de cuerda crean que se liberan, y levantarme haciendo más fuerza que nunca y riendo a carcajadas por saber que soy el nudo, y que entonces, con esa trampa no podrán.

- ¿Estás diciendo que porque amamos, es necesario que creamos y creemos?
- Recuerda: sonaba una música y en ella nos parecía que los árboles se decían. Por momentos, la música nos hacía acordar aquel gospel polifónico que llevábamos en el auto, y se alternaban en ella el cedro digno y el ébano exquisito, el amable limón y la acacia calla, el pino, el eucaliptus, aún el junco y la hiedra, y la memoria de todos los troncos de la tierra disertando al unísono sus silencios eternos que se rompían.
- Sí, me acuerdo: era cuando cerrábamos los ojos y jugábamos a aprender el lenguaje de las cotorras y los benteveos, de los pájaros carpinteros y las gallinetas.
- Era cuando sabíamos de qué hablaban, amor, porque hablábamos de lo mismo.

El tiempo no dice nada. El reloj por cuyo agujero aprendo que soy el viaje porque tú me lo has dicho, en cambio, señala el transcurso, no cesa de mudar sus dígitos avanzando del cero al nueve y de derecha a izquierda: no habla y dice todo. Que el combustible se acaba y la botella se termina y las cuerdas se rompen y la memoria se cansa y el humo evanesce y la voz se agota y la mirada se pierde y la velada culmina y el anhelo se escribe y el día que pasa y la semilla germina y el sueño te vence. Y al cabo, mientras duermes soñando letras que saben ajenas porque responden a tus preguntas, amanece un nuevo día.

Y cuando amanece, ayer ya no se puede pensar como antes, como se pensaba ayer. Ayer, ahora forma parte de hoy, es el cimiento de hoy. Y hoy no debe ser como ayer. Ay el vértigo otra vez, la urgencia, la velocidad, saber que hoy no tiene que ser ayer porque de lo contrario el tiempo habrá pasado en vano, y que pase en vano nos hará mal.

Estamos en la colina, del otro lado del paisaje de la foto. Dala vuelta, papi, o no te quejes. Yo sé que quema, pero el mundo entero cambiará si das vuelta la foto. Si vas a otro lado, a donde eres. A donde se juntan los putos extremos de la cuerda, como dices cuando pierdes la paciencia con la filosofía que nos retiene donde no debemos estar. Deja de pensar, papi, y pregunta a la liebre que murió bajo el silenciador del auto aquella noche, cómo resolver el problema del tiempo. Pregunta a las memorias del viento. Estamos en la colina, papi, del otro lado del paisaje de esa foto que guardas en el segundo cajón del escritorio y te atormenta cada día. Viaja por los intersticios de tus letras, papá, hasta donde nos puedes encontrar.

El problema no es qué paisaje hay del otro lado de la foto, sino qué paisaje habrá allí cuando me atreva a darla vuelta, a darme vuelta. Ya no soy tan joven como cuando no nos preveníamos ni aún de lo indefectible, que es la circunstancia bajo la que más inocentemente uno se previene. Mas no parece haber más redención del vértigo que tras haber dado vuelta la foto, enfrentado el vacío vertiginoso por el instante eterno en que se te dilatan las pupilas y no puedes leer nada más que la luz que te invade y te decide, y por fin, adviertes que tus ojos ven, aún en el probablemente mundo de siempre, un mundo nuevo.

Y que te toca viajar a mi través, implica mi capacidad de decir innúmeros no que quieren decir sí; implica que debo teñir mi realidad de los colores que acaso le son propios, pero que sólo por tí me es dado advertirlo. Se termina el vértigo si reina la fórmula correcta del rigor. Resta una innúmera pena, redimible si se aviene al más acá. Que el amor no sabe de fronteras es un enunciado que deberé elaborar de nuevo tal vez, pues las fronteras que contempla no pueden ser sino nuevas puertas, a un mundo que no hemos aprendido aún, del que habré de contarte si no sucede -como debiera- que tú te me adelantas.

Hola papi: yo también te quiero mucho. ¿Hace frío quien estás? Aquí la colina se hace más fácil cada día de trepar. No, no he mirado el horizonte últimamente, porque hay que ir hasta arriba del todo para verlo. Pero desde aquí se ve igual tan lejos, tan lejos, que creo que debes estar donde te veo.


viernes, 24 de abril de 2009

EL ESCRIBA o el espantoso miedo que sufre un dios

daniEl I. Ginerman, 1996


I

La mía es el arte maldita.
El arte hembra que succiona mis impulsos, toma de mi vida para sí, y plasma diabólicas combinaciones de signos que nunca más dejarán de mostrarse, en esa impúdica e inmutable desnudez que ostenta la tinta cuando se la distribuye mágicamente sobre una feta de papel.

Mi abuelo David era músico. Seducíase sin hablar; me educaba en la moral de los acordes solidarios, la perennidad, la indiferencia de los eslabones, sones, el eco, el ritual de la consumación.
Dicen que religión es el impulso a ligarte con un objeto de deseo o devoción. Que es cada actitud que abre un canal recóndito entre realidad y añoranzas, para religarte, reunirte con la imagen mentirosa del espejo que no es.

El arpa sonaba permanentemente en aquel sucio santuario, detras de la cocina de la vieja casona; donde el abuelo David guardaba objetos inverosímiles que, se suponía, todos debíamos creer que el había utilizado alguna vez. Una sierra intacta aunque oxidada, un martillo de hierro, siempre los mismos dieciseis clavos tirados como al azar en que fueron dejados cinco eternos minutos atrás al ser interrumpida la tarea; un acordeón con el fuelle deshilachado, un banquito cómplice de carpintero sobre el que se apoyaba a la hora de rendir tributo a la libertad en los sonidos que despegaban de su arpa, desde aquel su armario encorsetado, sacro refugio en que el cielo se dejaba tañir por una inmensa devoción.

El arcoiris geminiano era nubes de pavor que inundaban la azotea suplicando, en nombre de los de más arriba, que el arpa los dejase por fin en paz, que no los convocara a las regiones de más abajo con un influjo que no podían resistir. Pero mi abuelo David insistía: ¿cómo vencer al Goliat de cada día sin los disparos certeros del arpa doblegándole hasta sumirlo en la profusa letanía del arrepentimiento sin final? ¿Cómo ejercer el sacerdocio sin altares, sin ofrendas, sin el lenguaje que utilizaba dios para hablarle, en el movimiento ligero de sus dedos?

He oído que el aprendiz de sabio tiene vedados los caminos de la profecía, que la divinidad queda reservada para la inocencia aunque aquélla pueda mirarla, contemplarla, analizarla, anhelarla, añorarla, instaurarla. He oído que Moises supo predicar la verdad y la belleza para su pueblo, mas hubo de subir desde la tierra hacia la profundidad con su mirada clavada en la belleza de unas mieles en que sus huellas jamás se marcarían.

II

Con paciencia resignada a una rabia irredimible, acoso a mis letras requiriéndoles, exigiéndoles, la vida que les di, yo su dios, el que soy lo que son, el subyugado a su realidad de la que ya jamás estará en mis manos poderme liberar.

Recuerdo a Tamara, la amada de David, horneando colores que saborearíamos cuando las religiones fónicas hubiesen agotado nuestras mas terrenas energías. La corona de Orfeo custodiaba entonces, hasta la siguiente oración, nuestros nombres musicales, y un arcilloso abuelo con su nieto se avenían a tomar del cáliz del mas acá, en los aromáticos platos que mi abuela ofrendaba a su dios amor. La sangre nos hervía entre ajos y claveles, té de rosas, almizcle silvestre y alcaparras de la huerta, ováceos alimentos que unían a las gallinas del maizal con su naturaleza primordial, carnes hábiles a la hora de humanizar los paladares nuestros, sonrisas al fin en que mi abuela Tamara, esposa y hasta madre quizá del soñador David, conversaba a su manera con los tornasolados acordes que alguna forma del destino había vertido para la eternidad entre sus senos.

Solo el palio nupcial redimió a mi ignorancia de comprender el maravilloso mundo de Tamara. Cardos, hojas de parra, pimientos rojos y verdes y sucios, paltas y guayabas y lechugas y la mar de frutos de la tierra, devenían semillas de celestialidad al paso de su arte y de sus manos; sabían a pociones lúdicas con que el universo este nos premiaba por resistir nuestra propia deificación, por conocer los caminos que no recorrería jamás una estatua de sal, por mayor Sodoma que hubiese sabido abandonar.

Tamara, a diferencia de mi abuelo David, jamás revelaba sus secretos. Eva, mujer como aquélla capaz de engendrar hombres entre los vértigos de su vientre, era también la Lilith hábil para medirse con demonios; virilmente inducía en nosotros un sentido práctico con el que los problemas de la vida se solucionaban meripopinícamente, sin llegar a desdeñar las largas horas que disfrutaba el arpa tocando su música en nosotros.

David tañía entonces las cuerdas de su mujer, y el objeto de devoción ajeno a mi niñez incandescente se hacía otro, común a ambos, y tomaba posesión de sus miradas y de sus rezos y de sus besos, y la religión toda devenía alcoba por el ojo de cuya cerradura no lograba oír, yo, espía y traidor a la púdica sacralidad del ritual sublime, más que una música que parecía una insólita combinación de arpas y cacerolas, de la que no menos las unas que las otras parecían presentes y ausentes a una vez.

III

Mis dedos leves frente al teclado del ordenador se tornan espantosamente torpes cuando los enfrento al piano, a la guitarra. Culpa de un arrebato de juventud del que jamás me perdonaré no haberme arrepentido, el arpa cambió de manos mucho tiempo atrás, en un remate de antigüedades. Otros cultos, otros dioses me la pidieron, y sin saberlos efímeros y fugaces, inconscientemente se las concedí. En la cocina, en cambio, obran aún mis manos alguna que otra magia; pero no me engaño: sé que hoy es menos que ayer, y que no más que hoy se me concederá mañana.

Barbas copiosas y años debieron pasar por mi mentón para que comprendiese la paz verdadera de David, mientras Tamara horneaba incansablemente arpas con que saciar su ansiedad de ser. Había un arte salobre en la gelidez de sus esperas sin final, en el gesto con que empuñaba los cántaros de miel para comparecer siempre ancla ante el altar de la liviandad. "Ayuda frente a él" es la traducción que más me gustó para el versículo del Génesis en que el Creador forma a Eva para paliar la soledad de Adán. Ayuda. Ancla. Morada, cobijo, útero recóndito del que saliste y al que por siempre anhelas regresar. Ayuda sabia que te recibe y ve por ti cuando tienes los ojos cerrados, como gustaba hacer David y preguntarle a Tamara que percibía en derredor.

IV

Nada peor para un fausto que ser ignorado por el diablo.
Las brisas inundaban de vigor la apaisada cabellera de mi abuelo Israel, que domaba su dulce melancolía entre avatares y picardías sobre las arenas de un desierto de piedra roja silibante.

Entre una y otra loma yacía una choza, en cuyo centro se erigía la inteligencia de Israel abarrotado de letras y números y signos y tinieblas y memoria, y colores de lo adverso a los que el óxido de los años iba tiñendo de perverso. Crepusculaban en la cabaña a cada hora soles ignotos, cuya sangre llovía bajo el alféizar haciendo brotar chispas que se disolvían en la soledad.

Israel combinaba letras y luces y carneros y poesía y videncia con el amor amante de su amada Dalila enamorada. Dalila barría concienzudamente las brumas que mi abuelo esparcía en derredor y sorbía los jugos que fluían entre las brisas de papel y las telas coloridas que pintaban la vida de Israel.

El éxtasis se sumía en mi abuelo y saltaba a través de sus pinturas hacia las tierras oleadas y esbozadas sobre la tela. Cada puerta llevaba el nombre de una letra de color, y entre todas gozaban la exclusividad de conformar un cosmos mágico y consistente que abarcaba el universo sin exceder los confines de la cabaña.

Justo antes de que Dalila cumpliese su designio, mi abuelo Israel logró pintar el arpa y saltar al tallercito, para tornar a una carne a mis progenitores sobre cuyo regazo encarné, luego de siglos de cultivar en vano el verbo escrito.

Y fue cuando escuché el arpa y vi las puertas, que aprendí del poder de la palabra, cuando la pureza de que adolezco se hace verbo en la voluntad de quien deviene creador. Nada peor para un fausto que ser ignorado por el diablo. Nada peor a saber que por saber demasiado has olvidado el sabor de lo que sabes, y no sabes a qué sabe cuanto sabes. ¡Cuán espantoso sufrimiento se necesita para derribar cada día los ídolos que la noche ha depositado en el espejo!

620: CONVOCATORIA DE AMOR

iaIr menachem, 1994


let's spend the night together sigue diciendo mick jagger tantos años después mientras se reconcilia con su esposa de siempre y se va de vacaciones en familia. let's borrow from the night the time and the power, my love, let's take beauty juices from the smell of the moon, let's play soul, let's play -souls, just souls- just closing noise inthrough deepest waters, outhrough the availability of sacred single scream to stop crying once again, to avoid at least the ethernity to babel's languages and cross sights beyond the mirrors of the sea. let's play the sea spending togetherness by the night, let's teach our night to make love itself while we -souls, just souls- keep smiling instead of keeping laugh alive, let's go together to be spent by night and day as warriors of some private heaven, let's spend our sacred energies to run out from all this. I'm at the sea shore, closed in a deep car afraid of anyone. let's spend ourselves through night and mare, let's be there where my eyes don't see me any less than why to try what, what to try when it's everything in it's place and it's just to let us spend the time, just time -just souls-, just together while just together makes sense. keep quiet for a single while, I'm getting there, it's really here, just keep eyes widely wisely open and feel me, spending efforts of silence passing over uncoloured waters coming to your lips. let's spend our mouths -souls, just souls- togheter love, let's avoid from our language to lie. let's lie on ground and sea, let's dissapear just in the face of all of them, let's teach them their noises' cage doesn't stop our lips from silence, since -souls, just souls- we are together from ever, and being spent by the night is a religious gateway to the peacefully face of real life.

darling, estamos enfermos de la licuadora de idiomas, de la licuadora mediática, de la licuadora de cosas, de la licuadora de ruido, de la licuadora de puras licuadoras que se estiran enclavadas en nuestros cráneos como los clavos del aviso de geniol. darling we are the loneliness happy scream that almost anyone is finally able to desire. "átame átame" se dicen los unos a los otros ante las puertas del mar embravecido con miedo a (querer) caer, con el mismo maldito miedo a la entrega que prefigura la necesidad de un apocalipsis desde el inicio mismo porque no hay otra vía para el orgasmo ni otra vía que el orgasmo para resolver toda esta confusión.

are we together, are we a means of reverse mirror of normal insanity. are we the temptation of not being temptated any more.

no te dejes engañar amor más por estas lides y carreras y llamados y convocatorias y discursos que se repliegan y enmadejan y entrenudan y se enhiben y se rotan y se tocan.... y cuando se tocan es ahí donde llega el pavor de tocar algo que no está que no hay, dedos que se hunden en lo inerte del escalofrío porque nada tiene que hacer el fuego entre la flaccidez de las lujurias contradictorias a ras de piel, de las estúpidas fugacidades que contradicen la pasión del mar y de la luna, y del sol que rompe los ojos de los que miran hacia fuera y desconocen.

let's spend the life, my love, let's spend the life -souls, just souls- together dejando que se expanda como plasma luminoso el aura de amor desbordante que nos hace sabios.

Se levanta sin culpa

atiende mi palabra cada día de tu canto: clamor de Redención

por iaIr menachem

Cada día se desgrana en una boca que te presto,
y yo resto silencioso sin condena,
licuando la pena en los presagios de tu voz.
Sé que estás ahí, boca de mi voz, y oyes
-sólo tú en las entrañas- este grito de mis dedos:
resbalaron de tí cuando te ibas
y lloran añorándote una risa
que se zampa el tiempo y el adiós.
Puesto que callo, no digo nada.
¡Te sé alada y verte llevar
las anclas con disimulo!
Desde el off que me dejaste
llevándote mi voz presente,
pueblo de luces mis vientos.
Los dedos, munidos de memoria,
te llaman hincando uñas en el cielo de mis sueños.
Dibujarte en este lecho de aire
que me hace inmortal en la condena.
Redimirme, romper cadenas
cuando de pronto vivas, vives,
y tu calor latente, y el verbo de mis brazos
hace pedazos los muros.

EL ALTAR DE AFRODITA



iaIr menachem, 1994

Era una noche oscura y silenciosa, de ballenas que
cantaban loas ante el altar de las deidades de bajo el mar. El
mugido persistente de las nubes bajas que clamaban su propia
disolución, zumbaba en la penitencia de los tristes pobladores
del hormiguero.

Más de una voz debiera haber callado a tiempo, para
que sus ecos se apagasen antes de este instante. No menos de uno
debió aprender a hablar, y no tuvo tiempo. La radio mecía las
ideas de la gente otrora expectante, que aguardaba el desenlace,
la consumación de la espera para volver a mirar todo con cinismo
tranquilizador.

Los claroscuros de la luna asomaban pudorosos desde
la mentira del vacío. Una Venus pérfidamente dilatada clamaba a
las nubes su desdicha. Las nubes... Aquellas nubes que nada
hacían por deshojar su fastuosa esperanza de estar siendo oída,
en justamente ese crepúsculo, añorado desde siempre y singular.

Afrodita se levanta desde la tierra incestuosa,
esclavos del viento y por ello libres sus cabellos cobrizos; e
increpa su cuerpo adorado, su piel salada, a las profundidades
del océano.
Un monstruo cadavérico, muy cerca de ella, hurga un poco
más en el fango para hundirse en dirección a los manantiales de
fuego.

Afrodita sabe que es. Los minerales del viento han
hecho ubicua su figura en los espejos del deseo. La maleza triste
del adiós, que alguna vez pintara de savia sus intimidades para
cobijarla en el universo de los mitos felices, la ha abandonado;
ha desarraigado su pasión de los jugos dulces de la tierra. La
higuera retorcida y el poderoso limón le estarán vedados desde
ya. La penetración de los sones cautivos, de los llantos eunucos
que poseyó, se vertirá en diversión de otras ansias, por orden
superior.

¿Pero qué es esa orden superior? ¿Quién el ignoto
superior que desnuda mi historia y la desprecia? -murmura peli-
grosamente-.
La llama de sus pupilas oscuras amanece con la tristeza
del mar.
Su ombligo sudoroso busca refugio en los pliegues de la
barriga plana. No. La petulancia de tanta belleza hecha cuerpo,
hecha destello fatuo de innúmeros altares, no podría acceder a la
redención de un mundo miserable.

¿Y si me voy? -pregunta Afrodita. Clavel del aire
-suspiran las ballenas, sin atreverse a interrumpir el ritual con
su reflexión. El portentoso trueno denuncia al mito que se niega
a caer.
La lluvia se contiene aún, en medio de la excitación de
toda la Naturaleza.

La belleza se contrae. La tormenta no logrará pres-
cindir de ella. La batalla, el milenario ritual de su pasión, se
ha desencadenado nuevamente. La piel de la hermosa ya sin nombre
relampaguea tomando fuerzas del azar. El radiante poder de sus
muslos de miel amenaza con devorar la Tierra. El trueno gime
desde las alturas temblorosas. El vértigo se expande y el ronco
rugido de la espuma borboteante extrema la tersura de sus senos.
La garganta del mundo se reseca mientras el aire se hace néctar.

En un beso peligroso, se deleita con las pulpas y
los aromas del cosmos que llora y tiembla y late desesperado. La
matriz de la historia hecha sol llora y suplica fecundidad, pero
la diosa Pan lo puede disimular aún. Parada sobre todo, hecha
carne pronta al milagro de la vida, encandila a los dioses y a
las leyes, al Universo grave y ausente humillado por el pánico y
el deseo y el dolor. La lubricidad del espacio se hace canal,
volcán de tiempo que arde y consume a la bruma y a la razón.

Y la vida se echa; su ígnea cabellera seduciendo a
los usos y las costumbres que alguien declamara en las plazas; la
dulce orfandad de su matriz abarcando el firmamento, incorporando
los vientos que bufan y resoplan al borde de la erupción.

Las nubes se derraman febrilmente dentro de ella,
inundan las cavidades placentarias que desde siempre añoraban,
entre aullidos de gozo que parecen andróginos en la fusión, en la
pureza terminal de una unción por la que tantos altares habían
abrigado fuegos sagrados y devoción.

Y luego sale el sol.

Y un capullo sonrosado cerca de la madre Tierra, se
abre, tiernamente.

Y FUE ASÍ, CYBERAMOR

iaIr menachem, 1994

Aquel día la amé, y la busqué, y no la vi. Y requerí su nombre entre los árboles y los carteles, y pregunté su ausencia a los cielos. Y escribí la respuesta a todas mis interrogantes. Aquel día inquirí por su destino, y se me dijo que no sería mía. Y lloré amargamente, buscando complascencia en el dolor, y no la hallé. Y me rebelé contra su destino deseando su presencia, deseando la fragancia de su cuerpo conocido y amado, la búsqueda de su ser, su olor, su ritmo, su voz ilimitada.

Aquel día me desconcerté, y la abracé finalmente, descubriendo luego que estaba a mi lado, amándome desesperada. Pero persistí en mi agonía inconsciente y grité su posesión; anuncié y declamé que era para mí; desafié a todas las normas de arriba y abajo clamando por su amor. Y su amor me había sido otorgado y no lo supe.

Aquel día amé la agonía de desearla más que la complascencia de tenerla. Aquel día no idealicé la felicidad inexistente, me limité a desear la sublimación de toda mi búsqueda, la negación de mi destino.

Aquel día no supe vivir sin ella más, y prescindí de ella para siempre. Mas en seguida dejé de prescindir, y la deseé aún más.

Aquel día me arrojé sobre ella y me poseyó incansablemente, y fui miel entre sus brazos, agónica pasión entre sus muslos de

miel y licor. Los pétalos de su matriz rozaron desarmando las defensas de cualquier intimidad que aún pudiese sobrevivir en mí, y me sometí a un delirio de lujuria pura y sin mella de razón.

Aquel día amé ser poseído y comprendí que lo femenino no es sino parte de mi ser, comprendí que su ser me incluía y era abarcado por mi pasión, y aprendí lo que un viciado profesor de matemáticas jamás habia podido vivir en la teoría de conjuntos superpuestos, que se incluyen mutuamente y se exceden mutuamente y se desean y se ansían y son y se fusionan juguetonamente todo el tiempo, siendo y no siendo uno y dos, queriendo, creando universos nada matemáticos y acrisoladamente pasionales.

Cómo decir que aquel día fue todos los días y no fue, existió en el tiempo y fuera de él, fue una primavera eterna y recurrente, un florecimiento y una desfloración de mil especies, y que con sus trinos mil aves alegraron la mañana, atestiguando una felicidad inédita aunque conocida, y desvistieron de adjetivos toda una búsqueda haciéndola adjetiva, justificando el mundo mío y el de ella, que me amó y lo supo, y me lo dijo en palabras de néctar mudo que me inundó con la pasión de sus vacíos, en el estertor agónico de plenitud.

Los troncos de la hierba me dijeron que debía roer las distancias de su cuerpo. Que no debía pensar, que el mundo valía poco frente a la pasión. Y quizá no supe entender que las nubes estaban para mí, para articular mi mensaje, que no había mensaje ni realidad para leer, que el teléfono de sus arcanos, de la espuma de sus mares, estaría esperándome mientras durase la marea y no después, y no supe comprender que todo volvería como vuelve todo, y no supe roer distancias, y me desesperé con la marea nueva increpando a la luna mi desquicio, y tampoco supe esperar el orgasmo del lucero que la traería junto a mí, ni logré vislumbrar las imágenes poéticas que me desbordaban, y la ansié mientras la tuve, y más cuando no la tuve más y la tuve aún por mucho tiempo, quizá por todo, quizá por nada, yaciendo junto al testaferro cibernético de letras luminosas que me atrapa en espasmos solitarios, pensando en ella.

jueves, 23 de abril de 2009

hoy, de sombrero volteáo


hoy, llevo puesto un sombrero volteáo, de esos de agua calma sumida en alas de círculos concéntricos -de que se viste el guijarro que Blanca tiró al río-; gusto creer que bajo un ceibo en flor, en la sierra de ánimas mías, de una orilla conocida.

hoy, recién empieza el día y anochece, y el sombrero de mis círculos de agua transparente y oscura camina mis pasos entre suelo y cielo, que abrasan de lejos y me queman los labios de ganas de decir, justo ahora que estoy solo, y el agua no alcanza a mojarme porque no he atrevidos los suyos míos entre tantos fuegos rojos y naranjos y azul ardido que violentan; ni de allende sus velos he pedido más que para soñar, allá en lo alto del volteáo; y el volteáo, moja y refleja.

hoy es día que ya fue -me dijeron al despertar- y que puedo guardar para mañana, para cualquier otro día en que halle por fin el corazón entusiasmo capaz de desdeñar a la esperanza; porque si hay hoy completo y consistente hoy no hay mañana, y sólo hoy será mañana, sólo hoy siempre: cuando un agujero negro delicioso del instante que crece y crece en valor e intensidad vital hasta que se come todo tiempo que hayamos dejado vacante -cada día, cada paso y vacilación-, vacío por aburrimiento u por ceguera y aún por estas lágrimas inanes. la inmensa máquina de vida de corazón entero scaneó entonces mis días para rescatar el tiempo que perderé en soñar mañanas insensatos que, por misericordia, en círculos concéntricos, nacen de las aguas hoy. y en ráfaga se unen para siempre todo lo visto y enumerado y sufrido y deformado y lo vivido, en un sentido nuevo que, claro, mientras hablo desde este lado, no podré oler.

serán hoy, ¡hoy que ya termina!, y me quedó entero sin usar porque el mundo giró sin mí, y al cabo, todo sabe igual pero más lento, porque vengo con el sombrero volteáo de presente nuevo y más atrás
.


(de Shraga Jazan)