por iaIr menachem, Adár II, 5764
Por alguna razón, la estrechez proviene del instinto, y la amplitud es privilegio del silencio. La longitud es de la mirada atenta. El ancho, de los ojos cerrados.
Porque a diferencia de las construcciones que los hombres hacen, que crecen ladrillo a ladrillo, módulo a módulo, forma sobre forma, las construcciones humanas, las conformadas por los hombres y los lazos que les unen, se dibujan a modo de cebolla, de hojaldre infinito que se engrosa vuelta a vuelta de reloj y calendario y experiencia.
Sabios, año tras año acunan y maceran y germinan los árboles en el seno de sus troncos anillos nuevos, corazones vigorosos albergados por lo que, hasta ayer apenas, hacía la vez de corazón. Un año creces a resguardo de todo, y al año siguiente te endureces para proteger al que vendrá, y le cedes el resguardo húmedo de la proximidad al corazón, mientras los anillos adultos le rodean, desafiando con nueva fuerza cuanto ayer o mañana les proponga padecer.
Las construcciones humanas, como los árboles sabios, hacen de cada parto -de cada anillo- un nuevo corazón. El más viejo les dio nombre; el segundo, piel; el tercero, el cuarto, el quinto: unas ramas, unas manos, una boca que habla, una flor. Se hacen años y peripecias de palabra, de inviernos y veranos, de fruta sabrosa, de solidaridad y de follaje y de pasión, y a cada vuelta un nuevo corazón dentro de otro, un corazón más íntimo y mejor protegido y más rico y más fuerte; y a cada vuelta y cada año y cada experiencia nueva, lo que antes era sustancial se va arrimando a la superficie para proteger y alentar una experiencia inédita de cada vez mayor vitalidad.
Los vínculos humanos son así: como los árboles sabios. Es poco usual hallar, en los troncos de los árboles, menos o más anillos que uno por cada año de su edad: para que ello ocurra, se requieren singularidades climáticas extremas. En los vínculos humanos, la inteligencia, la dimensión del alma, gana al paso del tiempo en la determinación del crecimiento.
Cada experiencia, cada entendimiento compartido, cada lágrima y cada sonrisa, cada acto solidario y cada abrazo, cada tropiezo, cada beso y cada paso, paren anillos corazones nuevos que sustentan eso, eso que digo tronco, eso que puede parecer que duerme como el camaleón marrón hasta que es día, eso que calla cuando no canta ni grita, que no toca sino abraza, que si abre los ojos abrasa; que se sabe siempre cierto y aún dormido, despierto.
Así, los árboles sabios, y en los hombres el amor.
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domingo, 26 de abril de 2009
jueves, 23 de abril de 2009
hoy, de sombrero volteáo
hoy, llevo puesto un sombrero volteáo, de esos de agua calma sumida en alas de círculos concéntricos -de que se viste el guijarro que Blanca tiró al río-; gusto creer que bajo un ceibo en flor, en la sierra de ánimas mías, de una orilla conocida.
hoy, recién empieza el día y anochece, y el sombrero de mis círculos de agua transparente y oscura camina mis pasos entre suelo y cielo, que abrasan de lejos y me queman los labios de ganas de decir, justo ahora que estoy solo, y el agua no alcanza a mojarme porque no he atrevidos los suyos míos entre tantos fuegos rojos y naranjos y azul ardido que violentan; ni de allende sus velos he pedido más que para soñar, allá en lo alto del volteáo; y el volteáo, moja y refleja.
hoy es día que ya fue -me dijeron al despertar- y que puedo guardar para mañana, para cualquier otro día en que halle por fin el corazón entusiasmo capaz de desdeñar a la esperanza; porque si hay hoy completo y consistente hoy no hay mañana, y sólo hoy será mañana, sólo hoy siempre: cuando un agujero negro delicioso del instante que crece y crece en valor e intensidad vital hasta que se come todo tiempo que hayamos dejado vacante -cada día, cada paso y vacilación-, vacío por aburrimiento u por ceguera y aún por estas lágrimas inanes. la inmensa máquina de vida de corazón entero scaneó entonces mis días para rescatar el tiempo que perderé en soñar mañanas insensatos que, por misericordia, en círculos concéntricos, nacen de las aguas hoy. y en ráfaga se unen para siempre todo lo visto y enumerado y sufrido y deformado y lo vivido, en un sentido nuevo que, claro, mientras hablo desde este lado, no podré oler.
serán hoy, ¡hoy que ya termina!, y me quedó entero sin usar porque el mundo giró sin mí, y al cabo, todo sabe igual pero más lento, porque vengo con el sombrero volteáo de presente nuevo y más atrás.
(de Shraga Jazan)
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