domingo, 26 de abril de 2009

La saga de #&

por iaIr menachem

#& era el hilo de nuestra conexión asincrónica, y ninguno de nosotros lo sabía. Nadie asignaba ese valor sagrado a la circunstancia de una peluquería de barrio, a la que cada uno de nosotros acudía surcando ciudades y hasta ríos, en una obra disciplinada y constante, aunque disfrazada de la banalidad más inocente.

Cada quien necesitaba ese momento de reflexión íntima en que parece que Manuel te corta el pelo. Y no sabíamos nada. Hasta el día del pisotón de la hija menor de Eme, cuando se hundió una baldosa en el fondo de la vieja galería (he hallado decir que la peluquería estaba en el rincón, donde la galería hacía un codo ni bien hayas pasado el café) y se hizo luz donde la sombra era vida. No sé en qué idioma contarlo, porque no había idiomas que partieran esta vida.

Parece ser que, junto al sillón en que uno se sentaba, no había Manuel alguno sino un foso. Y el pozo se estiraba hacia abajo mediante un artificio de hilos que semejaban una peluquería sin foso. Y allá dentro, estaba #&, el responsable de que estuviéramos ahí: él era quien hablaba mientras nuestro pelo se cortaba, y le queríamos con inocencia, como al tabaco que se fuma veinte años sin más; como sucede con la añoranza del buen café.

¡Vaya a saber uno si #& era parte del túnel, o si el túnel era parte de él! Había un pozo y había #& y junto a él cuanto nos era querible, y por eso la hija menor de Eme pisó esa baldosa estirándose hacia unas revistas que también se querían inocentes, y la baldosa cedió y #& estaba debajo; se veía aplastado. Manuel dice no saber nada, y le creo. Pero en nada ayuda que él no crea. ¿Cómo fue que nos reunimos todos alrededor de #& y fuimos tejiendo nuestras redes de contactos y nuestros textos; cómo sin saber? ¿Cómo sentirme parte de un plan de #& y aún así saber que está bien, porque a mis amigos y contertulios los elegí libremente, y pensé con obsesión esta filosofía en que apoyo mi proceder? Y sin embargo.

Ese día, yo no estaba ahí sino del otro lado del túnel, cuando apareció la hija menor de Eme investigando desde la puerta de la baldosa, encantada con los juguetes que hallaba en el camino misterioso que se hacía a su paso. Yo disfrutaba de un aroma y pensaba en cosas agradables, cuando un tufo a sinrazón me sacudió y no entendí cómo la niña venía precisamente de ese lado del túnel, que nada tenía que ver con Eme ni con ninguno de mis amigos; ese lado del túnel que era mi propio descubrimiento casual, mi secreto doméstico para ingresar al refugio, y todos decíamos entrar desde el otro lado.

Nos encontramos, y nadie podía decir ni tampoco parar de hablar. #& nos ahogaba la memoria y nos encendía las ganas. Seguro que fue Ese quien propuso un sistema de resortes que manejaban a Manuel, o al menos a la voz de Manuel al despertar nuestras raíces capilares. Alguien más aludió a un juego de espejos: todo estaba ahí, pero dispuesto justo de tal modo que había una cosa, se veía una segunda, e intuíamos benevolentemente una tercera. No lográbamos consensuar ni el tamaño de la peluquería, que desde la altura de algunos se veía amplia y semivacía, y para la calva de otros era apenas si un rincón que no había modo de vadear sin golpearte contra una y otra pared en un sólo y mismo paso. Nos encontrábamos en los lugares de siempre y a cada uno que traía consigo la anécdota insólita crecía más aún el estupor: ¿Cómo? ¿Vos también estabas ahí? ¿Vos también, y ninguno de nosotros lo sabía? Así cuando vino Pe, y cuando Erre nos dijo, inocentemente, en un foro de correo: "No se imaginan lo que pasó en la peluquería a la que he sido fiel por veinte años".

¿Nos había enseñado #& a aferrarnos o a dudar? ¿Nos había enseñado algo? Había quedado una madeja de hilos a espaldas de la hija menor de Eme aquella tarde. Nada que esté vivo puede morir, y no obstante, moríamos renaciendo y ya no seríamos los mismos. Ante los ojos de todos se hacía patente que la conjunción de dos azares conforma un destino, todo tiempo que basten dos rectas para definir un plano. Había una columna en la peluquería, a la que echamos la culpa de todo. Allí se hizo el monumento. Y ninguno de nosotros volvió para comprobar la obviedad de que nada nos significaría el monumento. Ya no habría estética en la que refugiarse ni obra de hombre que valiese más que un grito solidario en la oscuridad febril de la mañana.

Todo para contarte que estabas allí la última noche, cuando soñé el sueño que te cuento. Tú también estabas donde estábamos todos. Patente y en plena luz: un punto ajeno a dos líneas que se cruzan, que define el espacio de la vida. Así, todos y cada uno. Quizá el horizonte del avión que despega a lo lejos no tenga para decir sino que no queda más tiempo en que dudar. Y que por eso se fue #& y sospechosamente con él Manuel, y ahora, en el recodo de la galeria ni bien pasas el café, la galería termina y yo despierto a soñar.


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