domingo, 26 de abril de 2009

Tras los pasos de mi Templo (VII)


No dudarías, si hubieras visto lo que viviste

Viniste como me voy, una noche celeste en que habíamos olvidado amanecer.

Viniste a donde voy: hoy, donde el retiro no engaña, ni ha lugar a la noche por más ocaso, por más que la luz decline por oriente.

Es que cada atardecer, nos aferramos presas de ilusión al control remoto de las luces del templo, y oprimimos sus botones con frenesí, seguros que donde sea que hayan quedado nuestros huesos, allí surgirá el chispazo, allí se verán el oro y el índigo y mi voz púrpura se oirá en el grito que aquí, porque soy mudo, convoca a la mofa de los débiles más carmesí.

No dudarías, si hubieras visto lo que viviste. El agua fluía como poemas que nos inscribían en el viaje de sus letras, hasta que arribamos a la conciencia de la sed. Los mejores manjares eran gratis para las almas ahítas. Ahora el alimento es malo y caro, porque aprendimos el hambre; y se ha instalado en nuestra vida este dolor.

Pero por más que se disuelva la memoria, bastará que desaprendamos la sed, y el templo habrá estado ante nosotros desde siempre. Eso es lo que no acerté a decirte y ya habías venido, hoy, habías venido a donde voy.


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