domingo, 26 de abril de 2009

Tras los pasos de mi Templo (IX)


Desde mañana, mudemos ahora el ayer

por iaIr menachem

¡Era tan fácil!, y ninguno de nosotros lo sabía. Habría bastado, en cualquier momento, que tú frenaras tu paso, que evocaras nuestra memoria sagrada, que derramaras una lágrima, que hicieras oir tu canto. Nosotros corríamos o nos sumergíamos; llorábamos callados; la imagen de nuestro luto emergirá de las alturas del silencio. Proveníamos del futuro para mudar hoy el ayer. Eramos trágicamente posibles, y eso nos eximía de todo patetismo; y aún así, la fantasía de los incomunicandos era eficaz para convertirnos en fantasmas, porque tú no frenabas tu paso, no nos llamabas a gritos, no llorabas; te veíamos doler el polvo de las ruinas y no se te ocurría clamar por nuestra voz.

Muchos de los nuestros se han recogido ya a la frustración de recordarte sin anhelo: no cesan de pensar que fue tu olvido lo que disolvió nuestras fuerzas. Los destructores no eran nuevos, y ni siquiera esperaban ya éxito alguno de su ofensiva, cuando las murallas de puro verbo delicioso cayeron en la trampa de tu desdén. Pero hoy, yo, que me mantengo alerta, te oí gemir. Algo te tocó en un dedo, u advertiste de pronto acaso esos sostenidos y bemoles que he sembrado a tu paso. Y fíjate que tú gemiste, y te escribo hoy, porque todos despertaron. Ahora que la historia lo sabe, es tiempo de decirte que depende de tí. ¿Podrás, por fin, atreverte a llamarnos?


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