domingo, 26 de abril de 2009

Ser Todo exige saber que se es nada

El salto fundamental en cada uno
Rosh Hashanáh 5764

iaIr menachem, Elúl 5763

Cada hombre es un mundo: cada hombre, es El mundo. Hablamos de Jerusalem, y hablamos también de la Jerusalem que tiene lugar dentro de uno. Hablamos de la creación del Hombre, de la Torre de Babel, del primer y del segundo Templo; y no cesamos de hablar de nosotros mismos. Hablamos de Abraham, de Itsják, de Iaakóv; y estamos hablando de cómo somos capaces de dar, de recibir y de sentir.

Espacios, tiempos y conciencias confluyen a la peripecia personal de cada quien. Somos todos los hombres enfrentando cada instante; la memoria de todos los días del hombre a cada paso en que hollamos el lugar. En nuestro lugar y nuestro tiempo, la sabiduría del mundo se hace alas extendiendo nuestras manos que evanescen en el aire, o lastre que nos precipita a tierra; dependiendo de cómo nos avengamos a tomarla o rechazarla, vivirla o aún desestimarla, que es desestimar nuestra capacidad de comandar la porción que nos ha sido dada de destino.

Mas, y sé que es concepto difícil de aceptar y comprender, ser Todo exige saber que se es nada.
¿Cómo hacer inteligible un concepto que parece tan contradictorio?
En unas horas apenas, ingresaremos al año hebreo 5764. "Rosh Hashanáh", la "cabeza del año", no es aniversario de la creación del Mundo sino del Hombre (en el sexto día del Génesis). En el sentido profundo de Rosh Hashanáh, de la cabeza del año, bulle la solución de la paradoja.

Rosh Hashanáh es también llamado "Iom HaDín", el "Día del Juicio". Explican nuestros sabios que en este día, cada hombre es sometido a juicio por el Creador. En los días que hacen de cabeza, de mente para cada ciclo de tiempo, tienen lugar los pensamientos que dictarán la actividad de todos los otros órganos temporales: Qué movimientos serán propicios a los pies, las manos, los sentidos y el corazón del año que comienza, es materia de dictamen para este día de Juicio, en que el Rigor de la causalidad absoluta pende sobre todas las cabezas hechas una, y sobre cada cabeza en representación de todas ellas.

Desde esta base conceptual se despliega el ritual todo de Rosh Hashanáh.

Contrariamente a lo que el sentido común pareciera indicar, nada en la plegaria de los hebreos en estos días hace referencia directa al Juicio que enfrentamos, cuya calidad sólo la reflexión profunda nos permitirá comprender. Toda la plegaria de Rosh Hashanáh apunta, de modo directo y explícito, a la coronación del Creador como Rey sobre la creación.

Volvamos aquí, necesariamente, al inicio de la reflexión: cada hombre es, necesariamente, todos los hombres este día. Cada hombre es un mundo en potencia, y por cuanto es en potencia debe responder en el Juicio. ¿Acaso podría alguien responder por semejante capacidad, tan lejos como estamos en los hechos de lograrlo? ¿Qué proporción de nuestra capacidad mental utilizamos? ¿Cuánto es, en relación a lo posible, el sentido moral que en realidad desarrollamos? ¿Cuánto bien ejercemos, en relación a aquél de que somos capaces? ¿Cuánta es la belleza que hacemos evidente, en el contexto de la que nos ha sido dado producir? Cada instante en que cometemos la denigrante estupidez de aburrirnos, es un instante en que estamos destruyendo mundos enteros, que hallan cerrada la matriz de nuestros actos al momento de nacer.

La impronta de la Creación, y por consiguiente la del Juicio, está inscripta en nosotros. No disponemos de la más mínima posibilidad de empuñar una defensa hábil de absolvernos. Lo sabemos, porque sabemos también que el estado de la Creación no es propicio al trabajo espiritual que nos ha sido encomendado. Porque sólo los actos de los hombres iluminan u oscurecen su comprensión del sentido de la vida, el propósito de la Creación; y habilitan o alienan su comunicación con el Creador. Sólo el trabajo mancomunado de las mentes hace lugar a la incidencia de La Mente sobre la realidad de cada uno, que es la realidad de todos.

De tal modo, sólo por esa incidencia Real nos es dado clamar, en la hora del Juicio.
Es a través de la "hitbatlút", del trabajo de anulación egoica, de concientizarnos de que estamos tan lejos de realizar nuestro potencial como lejos se encuentra el sol naciente del poniente, que nos erigimos por encima de nuestras cotas, y subyugados por el potencial a que no hemos dado lugar, suplicamos: "hinasé al kol haArets..." -"hazTe manifiesto sobre la Tierra toda-, "melój al ha'Olám kuló" -reina sobre el mundo entero-. Es que es necesario ser, cada uno, los hombres todos, para poder coronar un Rey: no podría un hombre sólo coronar un Rey, como tampoco puede éste coronarse a sí mismo por tal.

No basta para ser Rey con ejercer todo el poder y el control; no basta con que la creación toda le esté sujeta cada instante: ser Rey, exige reconocimiento; y si no hay tal feed-back, tal reconocimiento por parte de sus creaturas, el Creador no reina en realidad sobre la creación, sino que la gobierna y controla, ciertamente, mas ausente de majestad.

No hallamos, por tanto, en toda la plegaria hebrea de Rosh Hashanáh, oportunidad alguna de suplicar clemencia para el Juicio individual, porque no se trata de ello la oportunidad del instante. De no mediar un milagro, de no mediar una vuelta de tuerca radical, en términos de "juicio", de derecho, estaremos perdidos. Dedicamos, en cambio, esfuerzo y devoción a coronar al Creador como rey sobre su Creación. Dedicamos la oportunidad de la defensa a pedir y hacer lugar al cambio revolucionario, al verdadero reinado de la luz y la verdad, y a declararnos sus obreros y soldados.

En Rosh Hashanáh, enfrentamos el Juicio en que se define vida y muerte, salud y enfermedad, pobreza y riqueza, felicidad y desazón. A través de poner nuestra atención muy por encima de nuestro ínfimo destino personal, es que adquirimos la estatura moral necesaria para enfrentar cabalmente el juicio: coronamos al Creador como Rey sobre su mundo.

Así como cada quien es creado individualmente y en la más completa soledad, así como el primer Adám es creatura única en su mundo al momento de su creación: en el aniversario de la creación del primer hombre, en el día del Juicio, cada hombre es El Hombre; cada quien es todos los hombres y se reviste de todas las formas fundamentales de lo humano, de todas las potencias, de todas las voces. Cada uno es un mundo completo en este día, y de tal mundo entero, de tal humanidad de que se inviste, nacerá su relación con la Realeza y la porción que le corresponde en el destino de la humanidad.

En el vértigo de representar el rol de un hombre único y total, "vamos de fiesta al juicio", dice el Tur, "porque no estamos preparados para salvarlo". Pero estamos seguros del milagro: el "mundo entero", la "creación completa" en que se erige cada uno de nosotros, no se destruirá. Cantamos la coronación, clamamos por la verdad, porque somos juzgados.

Toda la historia de Adám, del primer hombre, no es sino una verdad que permanece, que se reedita a cada instante y en cada hombre. Mas, como decimos en la plegaria de Rosh Hashanáh, "nitrajaknu meal admateinu" -nos hemos alejado de nuestra tierra, de nuestro puesto-, y los "Ovdím", los extraviados, retozamos en tierra extraña, en "Ashúr". En estos días del Juicio, clamamos por luz que ilumine el camino de retorno a casa, a nuestra naturaleza fundamental de creaturas formadas a semejanza del Creador, creadores a nuestra vez, ejecutores del tiempo que nos ha sido entregado por tierra para cultivar. Clamamos por redención, sabiendo que la redención se enraiza en hacer en nuestro tiempo, en pensarla, y en sentir.


Me viene a la memoria aquella fascinante escena final de la película "Birdie", que vi en 1986 con alguien que ya no está: el hombre que busca la libertad en el vuelo de los pájaros, según los médicos está por fin fuera de peligro. Ante los ojos de su amigo hermano, abre los brazos de pronto en ademán de aleteo junto a la ventana. Un mínimo instante de suspenso infinito se sucede, en el que pasan por la conciencia del amigo todas las memorias de la historia común y la espiral de pesadilla en que ha intentado librarle de la locura de volar. Y Birdie, ahora que sabe que no se puede, ahora que sabe que hay una libertad superior en el conocimiento de su incapacidad de volar, sube al vano de la ventana, y de un salto apocalíptico se atreve al vacío. Corre desgarrado hasta la ventana el amigo; la vida entera hecha torrente y tormenta y pregunta y jirones de grito atroz. Y ahí abajo, a apenas medio metro de distancia, sobre el techo que sin aproximarse a saltar no se veía, ríe con él Birdie; y se lo ve feliz.

Romper con lo que se nos ha hecho ver como normalidad no es dar un salto al vacío, sino adquirir la oportunidad de un nuevo piso bajo los pies, que no admite más techo que el Absoluto, iluminando con luz plena nuestras mentes. En cada uno, reside el destino de Todo. Y la belleza de la verdad se ve, al extremo de un horizonte vertical, accesible casi a la punta de los dedos, en estos días en que se nos hace propicio cambiar, saltar, quebrar todas las cáscaras de que nos hemos vestido, y descubrir la oportunidad diáfana de ser, de modo tal que cada instante que vivimos porte intenso y verdadero sentido.

Sea la Voluntad de un año luminoso, grato y de bendición para todos.

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